En los aeropuertos, donde paso la mayor parte de mi vida, tengo mucho tiempo para observar a la gente. Veo parejas furtivas presas del instinto más primitivo de todos, hombres de negocios estresados por jefes a su vez estresados por otros jefes, madres que deben conciliar sus obligaciones laborales con la cría de la prole. En la mayor parte de los casos, es gente vulnerable que no sabe realmente qué les pasa por dentro.
Científicamente se ha demostrado que son necesarios cinco cumplidos seguidos para borrar las huellas perversas de un insulto. Los que tienen la manía de contradecir siempre al que está delante no gozan de tiempo material para paliar el efecto perverso de su ánimo contradictor.
En las universidades de Yale, Princeton y Harvard neurólgos y psicólogos como John A Bargh están descubriendo una concepción nueva del inconsciente que otorga a las corazonadas un poder hasta ahora insospechado.
Vayamos por partes, porque me dan ganas de pedirle a mis lectores que se pongan el cinturón de seguridad no porque vayamos camino de ninguna catástrofe, sino porque la idea de las razones que asoman tras las decisiones que tomamos cambiará de forma radical y, por lo tanto, las razones de su propia vida.
No es tan sencillo como parecía reprogramar a los humanos. La idea más aceptada hasta ahora era que el razonamiento lógico –sobre todo desde que se cuenta con la ayuda del método científico– estaba destinado a prevalecer sobre el pensamiento mágico y sobrenatural. A medida que íbamos comprobando hipótesis y despejando incógnitas, retrocedía otro tanto el pensamiento heredado en sus formulaciones más dogmáticas.
Quisiera que se dejaran llevar conmigo en la exploración de algunas de las desventuras por las que están pasando los encargados de explicarnos cómo funciona la mente. Hemos aprendido antes a asustarnos por el elevado porcentaje de enfermedades mentales que vaticinan los expertos en los próximos años que a saber cómo funciona la mente. Cómo funciona, como veremos, de mal.
La pregunta sería: ¿podremos predecir, en función de su capacidad para controlar sus impulsos, cómo se comportará un niño cuando sea adulto? Si le digo a un niño que de los dos caramelos que dejo en su mesita ya puede contar con uno, pero que si es capaz de esperar 15 minutos a que yo vuelva le daré los dos, ¿qué pasa entretanto en su cerebro? ¿surge alguna correlación entre la decisión de no esperar ahora y los suspensos cuando lleguen a la universidad? ¿Los éxitos profesionales de los adultos, por el contrario, se pueden rastrear por la fuerza de voluntad que les permitió cuando tenían cuatro años esperar a que volviera la profesora y ganar así dos caramelos en vez de uno?
Es sorprendente lo fácil que resulta para la ciencia hoy en día dar pistas a la gente para vivir mejor. Ahora estamos comenzando a entender por qué el cerebro no es tan maravilloso como creíamos. Es un apaño evolutivo y dista mucho de ser una maquinaria ideal y diseñada para cumplir perfectamente sus funciones.
Hace muy pocos años, nadie pensaba que lo que les pasaba a los niños influiría en cómo se comportarían cuando fueran adultos. Nadie veía esta relación misteriosa entre la infancia y el comportamiento de los adultos. Lo que hemos descubierto -y esto todavía no se sabe en la calle de manera suficiente- es que, una gestión deficiente, privada de cariño y de inteligencia, de las emociones de un niño, en edades muy cortas, incide de manera muy directa en el comportamiento de este niño cuando es adulto.

