Muchos recortes pequeñitos para no enfadar a los que han vivido los tiempos de bonanza, en lugar de las grandes reformas que habrían soliviantado a los que descubrieron un modo de vida, incrustándose en el entramado nuevo. Para decirlo con otras palabras: activar los recortes para no molestar demasiado, como la subida del IVA o la paga extra de Navidad para los funcionarios, pero dejando para los que vengan después las grandes reformas como la del Estado –adelgazamiento de las autonomías, diputaciones, organismos públicos–, la flexibilización y transparencia de la política laboral, la adecuación de las organizaciones sindicales a la sociedad del conocimiento en lugar de al pasado, la reforma educativa…, necesarias para salir del último lugar en el ranking europeo o, no menos importante, para acometer las transformaciones pendientes e inacabadas durante la Transición –como la división de poderes o la reforma electoral que devolviera al ciudadano el poder de elegir a sus propios representantes–.