En Londres, el científico John S. Oxford, uno de los principales responsables de la campaña preventiva contra el virus H5N1, el responsable de la temida pandemia aviar, me susurra que antes de dieciocho meses sabremos si el virus ha dado con la mutación que facilite el contagio entre humanos. De ser así, todos los pronósticos están abiertos. El único común denominador es que todos son malos. No es por nada que alguien definió a los virus como “una mala noticia envuelta en un sobre de proteína”.
La nueva epidemia podría acarrear muchas menos muertes que los cincuenta millones de personas fallecidas en la anterior, al terminar la primera guerra mundial. Se la llamó -hoy se sabe, incorrectamente- la gripe española, cuando, en realidad, era francesa o, según algunos expertos, americana. Y la próxima podría ser peor a pesar de todas las
infraestructuras de prevención con que ahora contamos en comparación con los principios del siglo pasado. Algunos expertos están vaticinando más de cien millones de víctimas.
Otro amigo en Londres, este economista, me comenta su nuevo libro. Es una buena noticia referida al caso del virus. Paul Ormerod recuerda cuán difícil es hacer predicciones y lo fácilmente que nos equivocamos. Las empresas, los Gobiernos, y nosotros mismos. Dejando de lado nuestra incapacidad congénita para pronosticar afectos, que han resaltado los psicólogos y neurólogos últimamente, resulta que -por muy buenos propósitos que tengamos; siempre solemos decidir con un propósito determinado-, es imposible vislumbrar con precisión su impacto.
Hoy en día es extraordinaria la abundancia de factores imprevisibles que pueden incidir sobre nuestras decisiones en un mundo global e interconectado. A medida que aumenta el conocimiento de nosotros mismos -sobre todo para constatar que no somos el centro del universo-, se dispara el grado de incertidumbre que nos rodea.
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