Desde hace más de un año padezco crisis de ansiedad. Mi día a día es un miedo constante. Al principio eran crisis ocasionales y lo pasaba muy mal por lo que fui al médico, que me recetó cierta medicación. Pero esto cada día va a peor. Casi a diario, y sobretodo por las noches cuando me quedo solo en casa, me dan crisis y tengo que tomarme un par de pastillas.
Ante esta situación, mi médico me ha mandado al psiquiatra, pero no me han dado cita hasta abril. Me gustaría saber cómo debo afrontar estos episodios hasta entonces, ya que he intentado hacer de todo. ¿Por qué me dan las crisis, en mayor o menor medida? ¿Qué pasa exactamente en mi cerebro para que esto suceda?
Responde: Nika Vázquez.
La ansiedad, como muchos estados mentales, tiene una parte genética (la función de la serotonina como estabilizador del estado anímico), y otra ambiental o aprendida. El miedo y el sufrimiento aparecen cuando no sentimos que los recursos con los que contamos son suficientes para hacer frente a las amenazas que sentimos, ya sean reales o imaginarias.
El tratamiento farmacológico puede resultar muy útil en el proceso terapéutico, más especialmente en los primeros momentos, reduciendo notablemente los síntomas ansiógenos, y pudiendo de este modo, trabajar de un modo más efectivo, si se debe a variables exógenas o ambientales. O buscando la homeostasis química, si se debe a procesos endógenos o genéticos.



15 Diciembre 2009 a las 4:37 pm
He consumido centenares, miles creo, de lexatines, ahora estoy en la fase trankimazín, bebo, grito, me agoto cuando hay trabajo físico, me sobrepasan mil maneras de vivir, no soy capaz de proponer una vida “normalizada”, no puedo hacer colas, encerrarme a esperar, meterme en un autobús lleno,agonizar en un aeropuerto o ser feliz con los serviles camareros de un complejo hostelero, soy ansioso, y como tal he leído miles de páginas sobre el asunto, y de nada sirven, es como si uno es negro, alto, bajo o zurdo y se empapa de literatura, nada va a cambiar ese hecho, solo hay pequeñas islas ( alcohol, diazepam, sexo, amor, lectura) al igual que en cualquier otra persona que al quedarse solo en la noche para poder evitar sus miedos imagina mil cosas, toma mil productos y recrea mil rituales, todos tenemos miedo, todos lo evitamos, todos callamos.
27 Diciembre 2009 a las 3:05 pm
¿Necesito estar todo el día viviendo en la mente? ¿ Puedo respirar un poco más de lo que lo hago, para no ser una persona que solo respira para seguir pensando? Tan pronto como amplio mi respiración, empieza un reto que es el de empezar a quererme a mi mismo; no solo a mi coco, sino integrando en ese cariño, mi pecho y mi apertura al sentimiento, mi tripa, mis emociones ( y mi apertura a la alegria y a la tristeza), todo mi ser humano.
Aunque pretendamos vivir todo el día en la mente, todo eso que esta pendiente de actualizarse en nosotros, estará llamando a la puerta de nuestra mente para que con ella, le demos curso.
Todo eso, que la mente todavía no ha racionalizado y ha transformado en ideas, es vida que la mente todavia no conoce y por tanto, solo para ella, es una inquietud difusa y que si no hemos aprendido a integrar con la respiracion lo de fuera ( todo lo desconocido), no será mas que un miedo de tener miedo, en espera de que aprendamos a vivirnos desde espacios mas amplios de nosotros mismos.
¿ Nos queremos realmente o solo queremos nuestras ideas y la seguridad que nos da el parloteo mental?
28 Enero 2010 a las 11:08 am
A Agustín Fernandez deseo tranquilizarle ya que esta en el camino de ser consciente del problema, porque cuando nos demos cuenta de que la actividad del intelecto consiste en realizar juegos malabares con conclusiones e ideas ajenas, descubriremos que su fin radica en mantener a la mente distraída, conocido esto, comenzaremos a restarle crédito a este y apostar por la “sabiduría” que es inteligencia pura y esta, no entiende de juegos malabares.
La sabiduría, conoce la esencia de las cosas a través de su “sabor”, sin razonamientos y solo cuando se alcanza, somos capaces de saborear el verdadero significado de la felicidad, que simplemente consiste en: El estado de ánimo que disfruta, el que desea lo que posee.