Autor: Eduard Punset 6 mayo 2012

Hace unos 40 años, cuando pude regresar a España después de vivir 20 años en el exterior, sobre todo en el mundo anglosajón, muchos ciudadanos españoles me sorprendían con la siguiente pregunta: «¿Cómo nos ven los de afuera a los españoles?».

Recuerdo que nunca se me había hecho una pregunta similar en Gran Bretaña o Estados Unidos. Probablemente, sus niveles de sensibilidad y seguridad no necesitaban la confirmación de extranjeros. Pregunté e investigué durante algunos años hasta poder responder a la pregunta acerca de qué nos distinguía a nosotros de los anglosajones.

Al final di en la clave y, hasta prueba de lo contrario, tuve que admitir que en el mundo solo había dos grandes culturas: una de ellas era la anglosajona, cimentada en la defensa de la libertad individual y asentada en el principio inviolable, desde el siglo XVII, de que el rey y los ciudadanos eran iguales ante la ley común; la otra, incluida la española, pero también la soviética, china, india y las del resto del mundo, exceptuando a Gran Bretaña y Estados Unidos, solo se excitaba con las diferencias sociales o de clase. La injusticia social era el principio que la dinamizaba, mientras que en el caso anglosajón el móvil de la resistencia era la defensa de la libertad y los derechos individuales de los ciudadanos cada vez que el Estado intentaba avasallar sus derechos.

Tanto es así que la mayoría de las élites afincadas en la cultura de la justicia social no quieren ni oír hablar de derechos individuales, como la libertad de movimiento –siempre supeditada a lo que decida el Estado– o el derecho a la felicidad –que figura en la Constitución norteamericana–.

Imagen de portada del cuaderno «¿Cómo educar las emociones?», publicado por el Observatorio Faros del Hospital Sant Joan de Déu en colaboración don la Fundación Eduardo Punset (imagen: Hospital Sant Joan de Déu).

En países dominados por dictaduras durante siglos y marcadas por el imperio del dogma, como España, es difícil distinguir entre la persecución legítima de la justicia social y la rehabilitación de emociones, como la empatía, o de sentimientos, como la felicidad. Nuestra dolorosa Historia nos acostumbró a menospreciar las emociones, a supeditar el conocimiento generado en el inconsciente al todopoderoso y avasallador supuesto pensamiento racional. Solo la llamada «razón» contaba y jamás se admitió que la intuición, basada en las emociones y los sentimientos, fuera una fuente de conocimiento tan válida como la razón.

La cultura heredada no sabe nada o muy poco de emociones como la empatía. El reciente Congreso de la Felicidad ha cubierto un vacío escandaloso de la cultura española. Está muy bien rebelarse contra la injusticia social, pero de lo que peca este país es de un olvido escandaloso de la cultura y la defensa de los derechos individuales de los que forma parte la búsqueda de la felicidad. Una emoción como la empatía no deja de serlo poniéndose en el lugar de los que buscan la felicidad y no solo en el de los afectados por la crisis.

Ya es hora de que en la cultura heredada alguien defienda profundizar en el conocimiento de las emociones –¿alguien sabe algo sobre la soledad o el desprecio?– y, sobre todo, en su gestión. Para salir de la crisis económica, es fundamental analizar las causas de la crisis, pero no lo es menos conocer las dimensiones de la felicidad: ¿qué papel desempeñan las relaciones personales, la conciencia de controlar su propia situación, el conocimiento de las nuevas competencias necesarias para que los jóvenes encuentren trabajo o bien lo que de verdad nos conmueve? La gestión emocional no es menos importante que la gestión económica o política.

Los psicópatas se caracterizan por su incapacidad de ponerse no solo en el lugar del que sufre la crisis, sino también del que busca la felicidad; los sentimientos de los demás les son extraños. Al aprendizaje de esos sentimientos y emociones en las escuelas de primaria y secundaria y en las corporaciones donde todavía campan ejecutivos que siguen amargándoles la vida a los demás pienso dedicar el resto de mis días.

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53 Respuestas to “Nuestra cultura heredada no sabe nada de emociones”

  1. xabi:

    hola,

    quizá esto sirva como muestra de cultura, emoción y felicidad. Ciudadano mostrando su indigancion con arte

    http://www.youtube.com/watch?v=SEeOscG9K3c

    Saludos y gracias

  2. César:

    Vivimos en un país donde cierto que que nunca se ha valorado al individuo en su libertad. Eso se refleja en la manera que tenemos de valorar a la gente, en España es importante el que tiene más dinero, una carrera, o muchas casas. Si no tienes eso, da igual que pintes, escribas, o tengas un corazón la mar de bondadoso. Es por eso que gente carente de empatía ocupa cargos de poder, que aunque técnicamente están capacitados para ejercer, son carentes de la capacidad emocional para afrontarlos, de ser capaces de entender a las demás personas. Esa es la diferencia a mi juicio que nos quiere transmitir Eduard en su artículo.

  3. Rosalia Peña Sarmiento:

    Estimado Eduard Punset:

    No puedo dejar de escribir al menos unas palabras de gratitud, por lo que comparte en todo este artículo, por ese compromiso explícito en escuelas y corporaciones, al que está dedicando su vida, por enseñarnos cada día que el potencial humano puede aprovecharse en obras hermosas, como educar, compartir y asumir con responsabilidad una vida abundante y feliz. Gracias, Punset por su presencia y por el ejemplo que emana de su obra toda que me inspira en mi hacer.
    Yo también me apunto en esa dirección y me he hecho el compromiso personal de facilitar desde donde esté el que vivamos en espacios más saludables integralmente. ¡Qué bueno sentir la vibración común!

    Un especial abrazo,
    Rosalia.

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