Autor: Eduard Punset 29 enero 2012

Hay una dimensión que se aprende más tarde que las demás. Quiero decir que, cuando se cumplen dos años, ya se entiende muy bien el significado de las tres dimensiones espaciales: para adelante y para atrás, para la derecha o la izquierda o, si se cae uno de la cuna, para abajo o para arriba.

Ahora bien, se debe esperar a haber cumplido los tres años para darse cuenta de la dimensión temporal; antes de entonces, el niño de tres años, cuando oye a los demás mencionar los Reyes Magos, no sabe distinguir en modo alguno si se trata de los de este año, del año pasado o de algún sitio localizado en el futuro. A los tres años no se ha adquirido todavía la dimensión temporal.

¡Menudo misterio que nos acompaña desde el comienzo de nuestras vidas! Es lo que lleva a algunos científicos a afirmar que el tiempo no existe; que solo se nota en el color blanco del pelo que adquiere esa condición con la edad. A mí me gusta preguntarles a algunos de mis amigos científicos que me expliquen la diferencia entre un instante y un millón de años. Siempre me contestan refiriéndose a cualidades que no nos ayudan en absoluto a definir el tiempo: que el pelo se torna blanco, me dicen; pero eso no tiene nada que ver con mi pregunta: «El color, que yo sepa, no me sirve para describir el tiempo».

Me recuerda la misma pregunta que se hacía la amonita antes de que un terremoto la trasplantara del fondo del mar al medio de un desierto con un cactus a cada lado. Guardé la fotografía de aquel suceso, que no me canso nunca de admirar. Si pudiera hablar, la amonita me contaría que mientras estaba en el fondo del mar no veía otra cosa y que, de haber seguido allí, no sabría de verdad en qué se distinguía su vida de otras vidas, si las hubiera. ¡Estaba encantada con el terremoto y el movimiento geológico que la había transportado desde el fondo marítimo al medio del desierto entre dos cactus llenos de púas! Al descubrir otros tipos de vida –en este caso, la vida vegetal de un cactus–, supo por fin cómo era la suya.

Detalle de un fósil de amonita (imagen: pjriccio206 / Flickr).

Más de un cosmólogo me había explicado algo muy parecido a lo que había sucedido con la amonita. La búsqueda de vida en otros planetas –me decían– tiene una explicación muy parecida: necesitamos saber si hay vida en Marte o en otros planetas porque solo si la descubrimos en otro lugar del universo y es distinta a la nuestra sabremos de verdad en qué nos diferenciamos del resto; sabremos qué es vida.

Ahora bien, cuando les oía platicar de esta manera, me acordaba –es un decir, claro– de lo que ocurrió hace unos seiscientos millones de años. En el siglo pasado hubo debates encendidos en los que se analizaban las diferencias supuestamente decisivas entre los organismos unicelulares y los organismos multicelulares como nosotros; es decir, aquellos que se las arreglaron para formar un sistema biológico tan complejo como la comunidad andante de células que somos los humanos. Había científicos seguros de que se necesitaría, prácticamente, un milagro para dar el salto de un organismo sencillo y débil como el formado por una sola célula a un organismo multicelular capaz de combinar conocimientos diversos, multiplicar su fuerza y casi vivir a su bola, quiero decir, como quisiera.

Tuvieron razón los pocos científicos que estaban convencidos de lo contrario; es decir, aquellos que de alguna manera intuyeron que la naturaleza no inventa dos veces lo que ya tiene inventado. Resulta que un organismo unicelular constituye ya una invención portentosa y que hacen falta muy pocos milagros o ninguno para transformarlo en una comunidad andante de células. ¿Se dan cuenta ahora de por qué estoy convencido de que, si se descubre vida en otros planetas, será muy parecida a la nuestra?



54 Respuestas to “Dominar el tiempo”

  1. j.r.c.:

    Imaginemos el punto de vista de una roca, por ejemplo.
    El tiempo en realidad, no existe.
    En todo caso se parece mucho a la forma humana de definir el aburrimiento.
    De otro modo pasaría tan rápido que no tedríamos oportunidad de medirlo.
    Ahora ya, en serio, creo que el tiempo es como una más de tantas cosas que nos empeñamos en digerir mal, no sé si por costumbre, por tradición o por inculque, venga de donde venga, incluidos nosotros mismos, pues no nos falta lana por mucha escasez de ovejas que tengamos en el mercado internacional.
    De la vida, sr. Punset, le diría que no debemos malgastar el tiempo pensando en extraterrestres cuando aquí, en el planeta Tierra, ya tenemos de sobra, y mucha falta de tiempo para mejorar el sistema.
    Da la impresión de que el tiempo gira sobre si mismo mordiéndose la cola y formando una masa pegagosa aumentando constantemente su viscosidad de la que no podemos desprendernos, por más que lo intentemos, sucumbiendo en una espiral de eternos trámites. Algo así como tener que necesitar el certificado de empadronamiento de un copo de nieve que cae en el Himalaya para tomarse un simple trago de agua fresca en Jaén solo por que lo dice un político, por que lo aconseja la tele o es la moda que se va a llevar.
    Tiempo y vida, es muy simple. Juntos van de la mano en un instante presente y continuado, eterno, sin conflicto entre pasado y futuro, en buena armonía.

  2. Javier Miralles Grande:

    el mejor eduard punset.

  3. Maria Iris:

    Lo que está claro es que la vida no sólo es lineal, y que cuando nos posicionamos unicamente desde una dimensión (tomar sólo lo positivo y agradable) puede resultar plana y se vive a medias. Es decir no se vive, se existe en una dirección y desde una superficie, sin ver todo, faltando capacidad para acoger la realidad.
    ¿Por qué tantos libros y teorias que enseñan a huir?…¿Por qué no descubrir la libertad que dá integrar los opuestos?..¿Por qué creer que no tenemos capacidad de comprensión y fuerza vital?.
    ¡Buscando el punto medio en nosotros al relacionarnos con las cosas, los hechos y razones, nos encontramos con nuestra capacidad de autoexpresión dando vida a todo!. Desde ese punto ni se pierde ni se gana, se comparte bien. Hay libertad poque hay seguridad.
    Nos ayudará a buscarlo y no perderlo saber que:
    “Toda persona tiene un punto tan fuerte, cuando lo alimenta, como el punto debil que va creando por dejar de lado ese punto medio no elegido” y su balanza se desajusta.
    Está claro que la dirección al punto medio, es la que hemos dejado y a la que tenemos que volver, si la inteligencia está al servicio del cuidado del hombre y su naturaleza.

  4. carles:

    Yo opino que el tiempo es un estado, una forma de sentir y de ser consciente, y que lo óptimo es intentar vivir (sentir-pensar-ser-consciente) el presente en su plenitud adaptándote a tu medio y sin ser esclavo del pasado ni del futuro.
    Cada segundo (o microsegundo…) es una oportunidad de vida.
    Me gusta el tiempo si me permite sentirme vivo y alegre de estar vivo.

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