Autor: Eduard Punset 22 enero 2012

«Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha utilizada para la búsqueda del conocimiento». Son palabras del pensador científico más conocido del mundo moderno, que acaba de cumplir y celebrar con sus colegas de la universidad de Cambridge su 70º aniversario. «¿El estudio de la teología y la filosofía es hoy una pérdida de tiempo?», se le preguntó a Stephen Hawking en una ocasión. «Sin duda», fue su respuesta.

Desde muy joven le habían diagnosticado una enfermedad terrible del sistema motor de sus neuronas que presagiaba su fallecimiento en menos de dos o tres años. Han transcurrido más de 40 desde entonces y sigue predicando, literalmente, sobre ¿por qué hay algo, en lugar de nada, en el Universo? Parece sorprendente, pero lo cierto es que ni la ciencia tiene una respuesta definida para tal pregunta. Tal vez la más básica de todas las preguntas que pueda formularse uno, al entreabrir los ojos y percatarse de algo de lo que le dejan percibir sus códigos genéticos y otros. ¿Cómo es posible que no sepamos eso a ciencia cierta todavía?

La respuesta de Hawking sobre la existencia de entes sobrenaturales era tan negativa como la de una maestra a quien oí increpar a una alumna después de preguntar a toda la clase: «Que levanten la mano las que todavía creen en los horóscopos». «Se ha equivocado usted de carrera», le soltó la maestra a una de las cinco futuras psicólogas, convencidas todavía de que su futuro lo anticipaba su fecha de nacimiento y las líneas de sus manos. Su respuesta era tan negativa, efectivamente, como la de Stephen Hawking al divagar sobre el sentido de la investigación y el pensamiento, pero mucho más insolente y agresiva.

Hawking no creía, efectivamente, que la profundización del conocimiento de la teología y filosofía condujera a ningún sitio pero, con toda seguridad seguía formando parte de un colectivo marcado por la admisión del cambio de opinión, el valor de la prueba mientras duraba y el principio de la incertidumbre.

Retrato de Stephen Hawking en la puerta de un garage (imagen: DMF Photography / Flickr).

Constituye un contrasentido olvidar que hasta los primates han aprendido a cambiar de opinión. Durante siglos y décadas se consideraba una traición a la cuna y a los valores heredados el cambiar de opinión. El carácter positivo o negativo de una persona se definía por su negativa a cambiar jamás de opinión ni, sobre todo, la que había sido de sus padres. Fue un gran neurólogo mexicano el que comprobó en el laboratorio que también los monos podían cambiar de opinión; que, en lugar de persistir pidiendo lechuga o tomate, unos segundos después podían preferir la zanahoria o los plátanos y manifestarlo así, sin asomo de culpa.

La comunidad científica también aprendió en su corta existencia no solo que las tesis sugeridas debían sustentarse con una prueba, sino que otros podían aportar pruebas de lo contrario. Lo que ayer resultaba blanco, hoy puede demostrarse que es negro. Hasta ayer mismo se creía que con la edad pueden debilitarse los músculos, pero en modo alguno la capacidad mental, que supuestamente se acrecentaba o, por lo menos, permanecía inalterable. Ahora se acaba de comprobar en el laboratorio que a partir de una determinada edad –bastante antes de lo que se sospechaba– disminuye la capacidad mental.

Por último, sea cual sea la convicción comprobada de un científico, esta se distingue de la creencia en saber aceptar y digerir el principio cuántico de la incertidumbre. La admisión de que dos átomos colocados en distintos hemisferios pueden sentirse mutuamente por estar entrelazados, en términos de la física cuántica, confiere una humildad al método positivo de análisis de la realidad que no tenía todavía la maestra cuestionada. Con toda seguridad, tanto ella como su alumna increpada abordarán un día la búsqueda del conocimiento con un grado de humildad que agradeceremos todos.



53 Respuestas to “Hawking y sus setenta”

  1. María Iris:

    Lo peor o lo menos bueno que nos puede pasar es tener la mente errante. Una mente errante es la que no tiene origen ni meta. Si la mente es errante los hechos y el comprtamiento no se asientan, somos peregrinos permanentes.
    Esa manera se recoge en la figura del hijo pródigo, que deja su casa y dilapida sus legados hasta que vuelve y se reencuentra con su hogar, el que uno tiene en él y con los suyos.
    Reconocer tener tierra propia desde donde se fundamentan valores personales, donde el conocimiento respeta las bases, nos dá cobijo a todo admitiendo sin perder, y eso comienza desde una mente que es capaz de aceptar raiz y pilares, que investigando no deja los cimientos.
    Necesitamos hogar, nadir, para hacer destino con sentido investigando y viviendo.
    Buscar el orden con preferencia, partiendo de entender lo cercano a uno mismo, para no tener que volver agotados a buscarnos y curarnos de INFIDELIDAD y desintegración, más tarde.
    La Tierra Prometida está en dejar de ser errantes o esclavos buscando. Es saber estar aqui y ahora funcionando, haciendo fertil la tierra de uno.
    Excavar y cuidar protegiendo la semilla, sembrar nueva y recoger frutos al servicio de lo que necesitamos.
    La búsqueda de conocimiento con un grado de humildad sería arriesgar desde los recursos y con los recursos de la propia naturaleza.

  2. María Iris:

    A lo que sigue lo llamaría vuelta a casa y tiene que ver con la felicidad.
    Me parece importante porque nos hace comprensible el tema de la manzana de Adán y Eva. (Figuras que se usaron en la Biblia como ciencia de inspiración cuando no habia surgido el estudio de la Ciencia de hoy y sus leyes). Y que siempre he pensado que son recursos para tener en cuenta porque aportan muchísimo.

    De una manera sencilla llego a la conclusión de que con el deseo del bien para uno y para los otros, desaparece la envidia de este mundo, y con ello hacemos desaparecer lo que se ha llamado pecado original en el hombre y la mujer. El que nos sacó del Paraiso Terrenal, terreno en un principio, único, de nuestra mente.
    Porque la envidia nace cuando compitiendo en todo, cuando elegiendo elegir, dejamos la elección mayor, esa meta del bien para todos y surge el motivo de no creernos a los demás tan merecedores de salud, amor y dinero, comenzando por parecernos normal que padezcan y vivan carencias en las que a veces intervenimos desde esa manera de vivir y comportarnos, alimentando el bien y el mal, por no buscar siempre “el bien en todo y para todos”.
    Ahí se rompe la felicidad porque primero nos dividimos nosotros pensando así y con ello actuamos necesitando siempre un ENEMIGO con quien competir y a quien ganar o liquidar o engañar.
    Buscar el bien para todos nos posiciona en la paz, nos empuja a intercambiar acciones de amor, afecto y generosidad, nos lleva a relaciones de respeto como iguales, naciendo esa calidad de seres humanos.
    La envidia es el mal del origen de la infelicidad, porque nos mueve a medirnos con los semejantes, en lugar de compartir todos.
    El miedo a perder o a ser perdedor, cuando no se desea compartir, es muy grande, puesto que se hace una defensa mayor en el yo deformando la esencia de uno y la de la realidad.
    Compartir entregando todos, lo mejor de cada uno, es la curación de la infelicidad y el sufrimiento.

  3. Euterpe:

    Adoro a Hawking y estoy admirada y fascinada por su insigne personalidad, sobre todo desde hace un mes, que comencé a profundizar en su figura en su lado humano. Soy ciega, así que la discapacidad nos une. Tal vez un poco de incomprensión, puede ser… Y la introspección. !Pero el doctor Hawking me está salvando! Está abriendo mi mente hasta unos extremos que no hubiera imaginado en la vida. Me está volviendo universal. Y ahora puedo exclamar con el: ” ¡todo se puede! “.

    Espero que sea verdad lo que dice tu colaborador Estupinya Y que vuelva la ciencia a la tele. Profesor Punset, ! Instruye a una pobre ignorante!

    Gracias.

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